Evolución o Creación. Hubo un momento. Quizá menos. Un instante. Después: Filosofía.
Entender hoy el concepto de filosofía va más allá de conocer su significado etimológico y epistemológico. Porque todo lo que versa la filosofía no descansa sólo en nombres como: Tales de Mileto, Sócrates, Platón, Aristóteles, Jesús o Buda, Mahoma y Lao Tzé, Confucio o Descartes, Santo Tomás y San Agustín, Kant, Kierkegaard y Byron, o, Comte, Spinoza, Nieztche, Tolstoi, Simon de Bouvier, Ortega y Gasett, Sastre y Jose Ingenieros y hasta Fernando Savater y más (pido disculpas a todos, porque he dejado fuera a muchos grandes pensadores en esta pequeña lista). En ellos, los de ayer, los hoy y los venideros, existió existe y existirá el viento que aviva la llama por la tensión constante del conocimiento. Estos invaluables hombres nos han legado – y siguen haciéndolo – la posta en la carrera por quitarnos la ceguera de los ojos, la sordera de los oídos y la mudez de la boca qué el mono del siglo XXI aún mantiene en vilo. Han logrado mediante certezas y errores quitarnos el velo de la mente apareciendo ante nosotros el "cuestionamiento" que hace trastabillar lo viejo hasta perder su estabilidad por completo y tornarlo fútil. Estas mentes nos otorgaron la estética, la metafísica, la ética, la gnoseología y asentaron las bases para muchas ciencias. Sumándonos la capacidad de afirmar, negar o discernir con las herramientas de la valoración y la argumentación y con la medida del hombre por y para el hombre; desterrando poco a poco los mitos: así un caballo comenzó a ser un caballo y, abandonó las formas de Troya, Pegaso y el Unicornio; así el mundo cobró otras dimensiones, vistas y percepciones y conceptos, que han desmalezado, arado, fertilizado y sembrado las tierras de la mente del hombre para acercarlo cada día un paso más a esa porción de divinidad que nos sostiene cuando deseamos buscar en el universo cognoscible y no, lo que existe en nosotros mismos.
No obstante a todas estas revelaciones y después del tan esperado cambio de siglo, adentrándonos en el futuro tecnológico que es hoy nuestro presente, nos cuesta aceptar que la era de las comunicaciones globales y los espacios virtuales y la digitalización de todo lo concebido y siempre con la disposición de ser mejorado, de ser más rápido, más eficiente y efectivo, con mayores condiciones y prestaciones utilitarias y cada vez más y más micro con tendencia a la neotecnologia y la bioingeniería genética, la pregunta es: ¿Por qué temerle a la filosofía? ¿Acaso hacer la vida no es hacer filosofía? ¿Acaso nuestras decisiones diarias, fortuitas o no, no responden a alguna filosofía? ¿Acaso el estilo no es hombre y, el hombre filosofía? Tal vez sí, tal vez no, pero de eso se trata, de enfrentar los temas cotidianos, los más urgentes que son siempre los que dejamos para mañana y que resultan ser los mismos de ayer: la vida de hoy.
Hemos perdido el gusto por filosofar. Por adentrarnos en temas que creemos resueltos, temas viejos que nos acorralan con problemáticas nuevas o recicladas. Pero como decía Vincent Van Gogh: "El molino ya no está, pero el viento persiste". Ese viento que aviva las llamas de la pasión por el saber, esa búsqueda del conocimiento, por crear nuevos paradigmas y conjeturar cuestionamientos y respuestas a todo y todos, existe, tanto más lo neguemos y lo olvidemos.
No importa cuánto tiempo pase. Tampoco quién renazca seguido a la muerte que es el olvido. Basta con que sólo un hombre cuestione y busque tensando los limites conocidos hasta romperlos para que todos los nombres de la historia de la filosofía tengan un nuevo nacimiento póstumo, después: Filosofía.
por: "Por Gabriel Martín Cuvillas Perez"
profesor de filosofía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario